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Colombia no tiene opción con el trigo
El año pasado se produjeron 48.805 toneladas del cereal e importaron 1,3 millones de toneladas El cultivo es propio de minifundios, sin tecnología en uso de semillas, fertilizantes, plaguicidas y otros insumos para cosechar un producto de alta calidad. US$ 287 por tonelada fue el precio, el pasado jueves, en la bolsa de granos de Kansas y de referencia para Colombia. El precio se ha incrementado desde 187 dólares al inicio del año, a 201 en junio y a 250 dólares, al cierre de agosto.
"Es una oportunidad para que los agricultores aprovechen los buenos precios y tengan una buena rentabilidad en sus cosechas". Así se refirió el Ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, acerca de la preocupación que está causando en el país y en el mundo el incremento récord en los precios que el trigo ha registrado en el mercado internacional.
Sin embargo, la oportunidad está lejos de alcanzarse, pues las cifras de este cultivo en Colombia reflejan que cada año va en retroceso, es decir, disminuyen las áreas sembradas, mientras que aumentan las importaciones.
Como ejemplo, para 1960, el cultivo ocupaba 160.000 hectáreas y las importaciones, apenas 86.000 toneladas; ya entrado el nuevo siglo (en el año 2000), las cifras fueron todo lo contrario, el área disminuyó a 24.700 hectáreas, mientras las importaciones crecieron hasta 1'088.329 toneladas.
Hoy la situación sigue deteriorándose, al registrarse en el 2006 un total de 21.810 hectáreas sembradas y 1'342.011 toneladas que llegaron al país.
"Como cultivo comercial el trigo se acabó en los países del tercer mundo y se desplazó a zonas de ladera y marginales, donde nos es posible sembrar otra especie, pues las condiciones agronómicas; apenas permiten que crezca trigo, nada más", dijo un analista de la Federación Nacional de Cultivadores de Cereales y Leguminosas (Fenalce).
Igualmente, bajo estas condiciones es imposible que tenga proceso alguno de mecanización, tal como se hace en el resto del mundo y menos con los apoyos económicos con los que cuentan los agricultores de países como Estados Unidos, nación que invierte anualmente más de 100.000 millones de dólares en subsidios a la producción agrícola, algo que deforma el mercado internacional y dificulta la competencia de los países del tercer mundo.
Las zonas de cultivo en Colombia lo dicen todo: 5.800 hectáreas en los municipios de Toca, Siachoque, Soracá y Chivatá, en Boyacá; 12.355 en Guaitarilla, Ospinas, Iles, Imuéz y Yacuanquer, en Nariño; y, 988 en Susa, Carmen de Carupa, Cucunubá y Fúquene, en el departamento de Cundinamarca, zonas con marcada pobreza, marginalidad de la población rural y tierras áridas y de escasa vocación agrícola.
Según el Observatorio Agrocadenas del Ministerio de Agricultura, la producción es artesanal, con una estructura económica de minifundio, con fincas de producción de 1,47 hectáreas , en promedio, mientras que 34 por ciento de las familias productoras carecen de algún grado de escolaridad.
A lo anterior se suma que como fuente de financiación predominan los recursos propios (78 por ciento), crédito extrabancario (9 por ciento) y bancario (7 por ciento).
Ahora, si se trata de aprovechar la oportunidad para que los agricultores mejoren sus ingresos con la venta del trigo -como lo afirmó el ministro Arias-, la calidad del grano colombiano no es precisamente la mejor.
¿La razón? los cultivadores no utilizan semillas certificadas, de especies como durum o hard, las que se siembran en los países desarrollados. Por el contrario, de acuerdo con el análisis de Agrocadenas, el productor nacional de trigo no utiliza semillas mejoradas, la obtiene de la cosecha anterior o la compra en las plazas de mercado, sin tener certeza de la variedad y procedencia; muchas veces, esta semilla viene mezclada con otras variedades y con semillas de malezas.
Así, con este tipo de insumo, se deteriora la calidad de la cosecha, que resulta 'casti gada' por los compradores.
El que se produce pertenece al tipo 'blando', es bajo en proteínas y con poca posibilidad de extraer harinas para panificación, así resulta poco atractivo para esta industria y la de pastas alimenticias, aunque ideal para la producción de galletas y de panes integrales, tipo europeo, con al to contenido de grasa y fibra.
Pese a las difíciles condiciones de este cultivo en Colombia, persiste el interés del gremio cerealero (Fenalce) por mejorar tanto la calidad de vida de las familias productoras como las semillas, gracias a un programa de mejoramiento genético convencional de las variedades, trabajo conjunto con la Universidad de Nariño y el Centro Internacional para el Mejoramiento del Maíz y del Trigo (Cimmyt), con sede en México.
"El gremio apoya cualquier iniciativa para mejorar los ingresos de los productores, siempre y cuando estas vengan acompañadas de una política de Estado que permita incrementar las áreas de cultivo, mecanismos eficientes de comercialización, infraestructura de almacenamiento, investigación, logística para la compra de cosecha y crédito.
"También, de los incentivos necesarios para proteger a los agricultores de la revaluación del peso y de una eventual caída de los precios en el mercado internacional. Estos temas, actualmente, son deficitarios", concluyó un vocero de Fenalce. Debilidades del Trigo Nacional
• La producción la hacen familias campesinas de escasos recursos y de baja escolaridad, poca tecnificación (semillas certificadas, fertilizantes, plaguicidas y otros insumos) y sin sistemas de riego.
• La producción es de tipo artesanal, minifundio, con fincas de 1.47 hectáreas, en promedio.
• De la cosecha, el 5,60 por ciento de la producción se destina al autoconsumo, un 7,32 por ciento se guarda como semilla y el 88 por ciento va al mercado.
• En las áreas sembradas no se tienen en cuenta problemas como la fertilidad y la erosión de los suelos, que han disminuido el potencial de las siembras.
• Los productores venden la cosecha a varios compradores: el 67 por ciento a intermediarios, el 27 por ciento a Trigonal y solo el 5 por ciento a la industria procesadora.
• Como en muchos cultivos de minifundio, el intermediario les compra a los productores y luego lo vende a la industria procesadora, pues cuenta con capacidad negociadora y, de paso, manipula el precio a su conveniencia.
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